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Un camino inesperado: de los sueños frustrados a la Primera División

9 octubre, 2026
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Un camino inesperado: de los sueños frustrados a la Primera División
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El recorrido en el fútbol no suele seguir una línea recta; está lleno de giros, retrocesos y obstáculos. Facundo Trigueros puede dar testimonio de ello: “Yo pasé en una semana de levantar los brazos para saludar a la gente de las tribunas a poner las manos en el volante de un remís”. Desde ser una promesa en Boca Juniors, donde compartió vestuario con figuras como Rodolfo Arruabarrena, hasta un breve paso por Chacarita, su vida lo llevó a tomar el volante de un auto de alquiler, dejando atrás los botines, con una licencia en mano y sin escalas. El exdelantero de San Telmo, All Boys y Atlanta, entre otros clubes, estuvo alejado del fútbol durante cuatro años. Durante ese tiempo, trabajó como chofer, mozo, bachero y ayudante de cocina en un restaurante que había instalado su padre en el centro porteño. Sin embargo, el destino y la pelota tenían una historia ineludible que lo llevó de regreso al campo. Debutó en la máxima categoría a los 25 años, un momento en que para muchos futbolistas, ya es considerado haber perdido la oportunidad. “La carrera del futbolista tiene muchos bajos y la gente se queda con la foto final”, señala Trigueros, quien logró extender su trayectoria dos años y medio más, incluso durante un período en el que estaba lesionado y consideraba colgar los botines. Lo que lo motivó a seguir adelante fue un audio de Diego Armando Maradona, a quien siempre consideró una figura inspiradora. Así, los altibajos que enfrentó en su carrera lo condujeron a su actual rol como asesor, donde ayuda a los jugadores jóvenes a desarrollar su “formación mental y emocional” y a construir una “identidad” sólida antes de enfocarse en la obtención de resultados. El exatacante comenzó tarde en las divisiones inferiores. “Yo soy de San Martín, de Villa Maipú, y a los 14 años estaba en el club Mitre. Tenía un profesor en ese momento que estudiaba con Enrique Polola, el preparador físico de Boca. El técnico era Carlos Aimar. Polola vivía en San Andrés y me llevó para que me probaran en La Bombonera. A los 16 años me recibieron, me dieron un canasto con la ropa, y empezaron a entrar a entrenar Batistuta, Giunta, Latorre… Era una experiencia increíble. Entrenamos con la Reserva, hicimos 15 minutos de fútbol y me dijeron: ‘presentate en la Candela, tu división es la Sexta’. Estuve tres meses a prueba, porque el libro de pases no estaba abierto. Y ahí arranqué”, narra. En Boca, Trigueros jugaba como winger, aunque lo ubicaron de lateral en algunas ocasiones para que aprendiera a marcar. Sin embargo, le costó lograr un lugar en el equipo. “En Boca aprendí a valerme de mí mismo, es un gigante que no da segundas oportunidades. Recién empecé a tener nombre a los dos años y medio. Como no tenía muchas oportunidades, había una tercera volante a la que llevaban a pasear por diferentes provincias, para jugar con equipos del Interior. Y me incluyeron a mí”, explica sobre su camino. “En una de esas giras, hice cinco goles en cinco partidos, y el entrenador llamó a Boca para informar sobre mi rendimiento. Había un utilero que nos acompañaba y escuchó eso. Se acercó y me dijo: ‘A partir de hoy empezás a existir en Boca’. Hoy, con las redes sociales y la cantidad de información que hay, todos conocen a todos. En ese entonces era raro. No existían los representantes, todo dependía de mí. Me comía las amarguras y los llantos”, recuerda sobre ese hito en su carrera. Fue un momento que marcó un cambio en su realidad, aunque no se tradujo en un futuro brillante… “Empecé a notar que me trataban de otra manera. Incluso, me hicieron una promesa de contrato. Me hablaron de los cuidados que debía tener y de la alimentación necesaria. Al mismo tiempo, empecé a participar en AFA y me entrenaba con la Reserva. Los miércoles había contacto con el equipo de Primera, Navarro Montoya era el arquero y nos quedábamos cinco o seis chicos practicando después de los entrenamientos”, enumera las oportunidades que se presentaron en su nueva vida. Sin embargo, la promesa nunca se materializó: “Cuando citaron a mi viejo y le dijeron que me iban a hacer contrato estábamos muy contentos, pero nunca llegó la firma. Tuvimos que buscar el pase y marcharnos a Chacarita”. En el Funebrero encontró una forma de dejar de lado su frustración, ya que era vecino del barrio y conocía al hijo del presidente, Luis Barrionuevo, con quien había compartido la escolaridad. “El técnico era el Cabezón (Miguel Ángel) Lemme. Él me hizo trabajar mucho, no me había pedido específicamente, yo era un pibe que venía de Boca. Me lo tuve que ganar con el tiempo”, describe sobre su experiencia en el nuevo club. Durante esa etapa, Lemme le presentó a Maradona en una ocasión memorable. “Entró Miguel Lemme al vestuario y dijo ‘viene un jugador nuevo, hagan un lugar’. El libro de pases estaba cerrado, y detrás de él apareció Maradona, quien generó una revolución. Tenía una presencia impresionante, parecía que flotaba. Recuerdo que nunca vi tanta gente en un entrenamiento como en esos días. No existían las redes y en menos de una hora se llenó la tribuna. Había periodistas de todas partes”, evoca. La llegada de Maradona a Chacarita tal vez marcó un hito en su paso por el club. “Fue un gran golpe cuando no me hicieron contrato en Boca. Pasé de Boca a la Primera B Metropolitana y la adaptación fue complicada, aunque la gente del club fue increíble. Yo amaba jugar al fútbol, lo que menos me preocupaba era cuánto iba a ganar. Recuerdo que el capitán, Rubén Checchia, se acercó y me dijo: ‘Che, Trigueros, tenés que ir a cobrar’”, explica el escenario que se presentó en ese momento. “Fui un par de veces al banco y jugué en Reserva. Era un gran equipo, ascendió al final. El 9 era el Gatito Leeb, y yo era el pibe de Boca. Quizás me faltó demostrar algo más”, reflexiona sin justificaciones. Si su salida de Boca había sido difícil, quedarse sin club fue un golpe devastador. “No me renovaron y el mundo se me vino abajo. Mis padres no comprendían nada de fútbol, no contaba con nadie que me guiara. Me comía todo, no compartía lo que sentía. Y no supe qué hacer cuando quedé libre. El tiempo pasó y tuve que hacer algo”, menciona sobre su proceso de adaptación a una nueva realidad. Eso implicó comenzar a trabajar como remisero, mientras que también regresó al club Mitre, aunque con un mal estado de relación con el fútbol. “Más tarde, mi padre abrió un restaurante a una cuadra del Obelisco y trabajé ahí durante dos años”, detalla. “Aprendí a hacer de todo: ayudante de cocina, bachero, mozo, delivery… De esa etapa aprendí a cocinar. Las pizzas, el asado, la carne al horno… ahora lo considero un pasatiempo y una forma de compartir con amigos y familia”, reflexiona sobre esta experiencia que lo alejó temporalmente de su verdadera pasión. Pero el destino lo espera; el fútbol se asomó para darle otra oportunidad. “Un día, sacando un pie con el menú hacia la calle, se cruzó un profesor que tuve en las Inferiores de Boca. Me reconoció y me preguntó qué hacía. ‘No juego más’, le respondí. ‘Yo entreno jugadores libres en Costanera Sur. Venite, probá y me decís’”, recuerda sobre esa puerta que parecía cerrada para siempre. Sin embargo, su regreso no fue sencillo: “Entrené allí durante 10 meses”, revela. La chance llegó de la mano de dos técnicos que habían sido campeones en la Primera División. “Tuve la oportunidad en San Telmo. Con el Ruso Zielinski como entrenador y Omar De Felippe como ayudante”, revela sobre su nueva etapa. “Tenía 25 años, había pasado por Boca y Chacarita, pero no había jugado nunca en Primera. Me encontraba bien entrenado. Me dijeron: ‘Quedate a hacer la pretemporada’. El club estaba en la B Metro. Y me quedé, me hicieron contrato. Fueron cuatro años en San Telmo. Luchamos por ascensos, y formamos un gran equipo. Sin ese profesor que encontré por la calle, capaz nunca hubiese jugado al fútbol profesional”, concluye, y añade un detalle que resalta la conexión con su pasado: “Hoy vivo a dos cuadras de donde entrenaba con ese grupo, en Puerto Madero. Esa oportunidad me devolvió la vida, fue como empezar a vivir de nuevo”. Trigueros comparte su visión. “Hoy veo que toda experiencia tiene un significado. A veces, uno se distrajo en el pasado y no prestó atención al presente. Ahora trato de estar más presente. He aprendido que si no respiras en el presente, se genera estrés. Piensas en lo que hiciste y no lo puedes cambiar, y si proyectas demasiado al futuro, genera ansiedad”, reflexiona sobre las enseñanzas de este recorrido. “No le echo la culpa a nadie por esos años que estuve afuera. Fueron decisiones mías, no supe adaptarme y no busqué las herramientas necesarias. No me reprocho nada. Por eso, cada día me levanto y digo tres gracias, porque estoy muy agradecido por mi historia”, concluye. Zielinski, que actualmente dirige a Belgrano, y De Felippe, orientador de Talleres, fueron quienes vieron en él el potencial que otros no valoraron. “Son dos laburantes apasionados. Estuve con ellos un año. Luego, el Ruso me llevó a All Boys, y a De Felippe le perdí el rastro, pero siempre recordaré su nobleza”, rinde homenaje. A partir de allí, forjó una carrera en el Ascenso, jugando en San Telmo, Atlanta, All Boys, Excursionistas y JJ Urquiza, aprendiendo las habilidades necesarias para manejarse en el complicado contexto de las canchas de la década de 1990 y principios de 2000. “Desarrollé la habilidad de anticipar el pique de la pelota en terrenos irregulares. En ese tiempo, había canchas que presentaban distinto nivel de calidad. La pelota, cuando pica en una cancha despareja, tiene su propia naturaleza. Te vas acostumbrando a dominarla independientemente de la lluvia”, expone su visión. Durante esta experiencia, compartió el campo con “cracks de culto”, como Gustavo el Turco Pontelli y Carmelo Leiva. “Si el Turco no está entre los mejores del Ascenso de la historia, seguro está en el top 3. Daba ventajas porque no se cuidaba tanto; no tenía la disciplina que se espera de un jugador”, señala. “No andaba de fiesta, pero tampoco cuidaba su alimentación o descanso. No obstante, le vi hacer cosas que hoy solo se ven en las mejores ligas del mundo”, subraya. El fútbol le deparó una segunda oportunidad con Maradona durante su etapa en JJ Urquiza: “El gerenciador del club era amigo de Diego. Un día me dijo: ‘Che Facu, nos encontramos en Acceso Oeste, por Morón, que vamos a un lugar’. Para mí fue sorpresivo. Al llegar a una quinta, estaba Maradona, quien nos recibió con fuegos artificiales y decía: ‘acá no duerme nadie’. La recepción fue increíble. Desde las 10 de la noche hasta las 4 de la mañana, hablamos de todo. Conocí al Maradona persona, que hablaba de su vida en Fiorito, de Napoli, de su relación con Coppola y de sus hijas. Todo eso fue un sueño. Muy amable, vulnerable, con una sensibilidad que no encontraba en ningún otro. No fue solo una charla, fue un monólogo increíble, mientras bebíamos el fernet que era de su marca”, recuerda aquella noche mágica. Sin quererlo, Maradona sembró una semilla que floreció cuando Trigueros más la necesitó. “Tiempo después, en JJ, me rompí los ligamentos de la rodilla izquierda; tenía 34 años y ya no sabía qué hacer. Estaba en la duda de si seguir o colgar los botines. Marcelo Pilo, el marcador central, asumió como director técnico. En un momento, se detuvo y dijo: ‘Les quiero comunicar esto’. Y puso un audio con una de las arengas de Diego donde decía: ‘los voy a ir a ver’. Yo me dije: ‘Este tipo va a venir y yo no me voy a retirar en la cancha’. No tenía idea de que iba a motivarme a terminar la rehabilitación. Así fue, me retiré jugando, estuve dos años y medio más dentro del campo de juego”, comenta sobre la influencia de Maradona en su vida deportiva. Tras su retiro, Trigueros experimentó diversas facetas laborales. “Hice el curso de técnico, me recibí, dirigí en cuatro clubes, pero en un momento comprendí que me faltaba algo más allá de la dirección técnica, porque eso no me llenaba”, explica sobre su búsqueda de un nuevo rol. Así, decidió estudiar para ser preparador físico y personal trainer, generando un nuevo camino en su vida profesional. “Más tarde, un exdirigente de Atlanta, que había comenzado a trabajar como representante, me propuso: ‘¿no querés venír a laburar?’. Con el tiempo, decidí hacerlo a mi manera y abrir una agencia propia”, cuenta sobre su último giro. “Descubrí la programación neurolingüística y el coaching, y supe que por ahí tenía que ir”, confiesa. “Hoy estoy trabajando en siete países, y mi prioridad son los juveniles”, afirma. Además, menciona que está desarrollando una “guía para padres”, para que sepan cómo acompañar a sus hijos que aspiran a ser futbolistas. Muchos de sus consejos se encuentran en los videos que comparte en su cuenta de Instagram. “Trabajo en la formación mental y emocional de los futuros jugadores. Es fundamental que el jugador, antes de lograr objetivos, consiga un autoconocimiento que le permita construir un carácter y una identidad que lo mantenga firme en el contexto del fútbol profesional. Porque a medida que uno avanza, surgen diversas emociones y miedos, que, si no sabes manejar, terminan afectando tanto a tu familia como a tu rendimiento en el campo”, reflexiona sobre su nuevo enfoque y pone su historia como testamento de que el fútbol rara vez sigue un camino recto hacia el éxito.
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