Bilbao, con un doctorado en psicología y especialización en neurociencia, señala que la crianza contemporánea está plagada de mitos y mensajes que pueden intensificar la culpa de los padres. Por ello, considera esencial retornar a una visión más equilibrada, fundamentada en la evidencia y el sentido común.
“El 95% de los miedos que tienen los padres no están sustentados con una base científica”, afirmó. Esta afirmación no sugiere que todas las decisiones sean equiparables ni que las prácticas dañinas no existan, sino que muchas de las situaciones cotidianas que infunden temor no causan por sí solas efectos graves o irreversibles.
El especialista advierte que uno de los problemas más significativos de la crianza actual es la tendencia a la sobreprotección. Muchos padres intentan prevenir que sus hijos experimenten sufrimiento, llanto o dificultades, pero Bilbao enfatiza que la frustración es inevitable en el proceso de desarrollo. Resolver de manera continua los problemas de los niños puede limitar su capacidad de adquirir herramientas para enfrentar adversidades por sí mismos.
En este marco, el temor a provocar un trauma puede llevar a malinterpretar situaciones normales como si fueran peligros inminentes. “Los niños experimentan traumas en situaciones de malos tratos frecuentes, cuando son constantemente ignorados o ante el abandono de sus progenitores”, explicó. Esta perspectiva se distingue marcadamente de episodios ocasionales de llanto, frustración o malestar que son intrínsecos a la infancia.
El neuropsicólogo también cuestionó la creencia de que cada elección de los padres pueda dejar una huella permanente en el cerebro. Un ejemplo que compartió fue el llanto del niño, que puede generar cortisol, pero eso no implica que unos minutos de llanto causen automáticamente daños cerebrales. La crianza, según Bilbao, debe considerar el contexto completo y evitar interpretaciones simplistas sobre ciertos procesos biológicos.
Asimismo, Bilbao abordó la constante búsqueda de soluciones ideales. “Los niños no requieren estímulos extraordinarios para transformarse en individuos inteligentes o exitosos”, afirmó. Desde su perspectiva, el desarrollo depende de una combinación de afecto, límites, atención y oportunidades para aprender, no de una crianza perfecta.
Por ello, esta afirmación sirve como un llamado a reducir la culpa y encontrar un equilibrio. Bilbao señala que existen enfoques más o menos adecuados para la educación, pero esto no implica que cada decisión imperfecta cause un trauma.
“La buena educación siempre será aquella que incluya cariño, establezca límites y permita que prestemos atención a nuestros hijos”, resumió el neuropsicólogo.
Ante un berrinche, lo primordial es reconocer que el niño aún está en proceso de aprender a regular sus emociones. Reaccionar con gritos o castigos desmedidos puede intensificar la tensión. Lo aconsejable es mantener la serenidad, acompañar la emoción y establecer límites claros sin convertir el episodio en un enfrentamiento de poder.
Es fundamental también evitar la sobreprotección. Que un niño llore, se frustre o se muestre enojado no significa necesariamente que haya un fallo en su crianza. Las adversidades son parte del aprendizaje y contribuyen a forjar tolerancia a la frustración, capacidad de espera y recursos para resolver conflictos. Acompañar no implica satisfacer cada demanda.
Por último, es útil distinguir entre validar una emoción y aprobar cualquier conducta. Un adulto puede reconocer que un niño está enojado o triste, al tiempo que sostiene una norma. La conjunción de afecto y límites brinda seguridad y ayuda al niño a comprender gradualmente cómo expresar lo que siente sin recurrir a comportamientos agresivos o desmesurados.









