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Fallecimiento de Chiche Gelblung, un referente del periodismo argentino

9 septiembre, 2026
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Fallecimiento de Chiche Gelblung, un referente del periodismo argentino
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Chiche Gelblung, cuyo estilo único y su legado en el periodismo argentino son innegables, ha fallecido a los 82 años. Esta figura icónica de la prensa dejaba una marca profunda en cada historia que tocaba, una verdadera esencia de lo que significa ser periodista. Su particularidad no solo residía en su capacidad de contar historias, sino también en su postura casi ritual de comer papel, arrancando los bordes de hojas A4 o periódicos con un aire de fruición artística, como si se tratara de un manjar gourmet. Gelblung tenía un gesto característico: un rizo que formaba con su dedo índice sobre su frente, como si la inspiración estuviera latente en su mente. Con la firmeza de quien cree en el destino, afirmaba orgullosamente que no podía distinguir todos los colores. A través de su habilidad para crear mitos y leyendas, había logrado desmantelar verdades con una simple frase, un título perspicaz o un gesto revelador. Tenía un don especial para identificar, en un mar de información, la nota esencial, localizando las debilidades de sus entrevistados; transformaba lo que parecía común en algo extraordinario, convirtiendo historias silvestres en relatos cautivadores. Su prosa era sublime, sus preguntas profundamente incisivas, aunque ambas características se vieron ampliadas al enfocarse en el desarrollo de revistas exitosas.

Nunca imaginé que tendría que escribir un adiós tan doloroso, pero el tiempo me ha alcanzado y es momento de rendir homenaje a Chiche Gelblung.

A lo largo de su carrera, fue un periodista incansable, implacable y lleno de talento. Su intuición para identificar relatos de calidad y su capacidad para detectar el potencial en otros profesionales era notable. Vivió épocas sombrías en la historia argentina, tiempo en el que el periodismo enfrentó varios desafíos, desde la opresión de la dictadura de Onganía hasta la violenta represión de la Triple A en los 70, pasando por la dictadura militar de 1976, la guerra de Malvinas, y la posterior crisis en el mundo editorial. En una Argentina que alguna vez fue líder en la producción de revistas, Gelblung tuvo la habilidad de convertirlas en reflejos de sí mismo, en piezas brillantes del periodismo.

Su mayor éxito, la revista “Gente”, se convirtió en un referente a pesar de la dura crítica que recibió. Gelblung enfrentó con valentía el daño colateral que la prensa suele recibir en tiempos difíciles, pues la editorial Atlántida, que publicó la revista, había apostado tanto al peronismo de los 70 como a la dictadura que sucedió. En esos años de terror, cuando la mortalidad era apenas un murmullo esporádico, “Gente” destacó por su periodismo de calidad entre el brillo y la superficialidad; cuyas páginas aún conservan textos extraordinarios que dan cuenta de un periodismo brillante, de talentos de renombre y estructuras innovadoras que a menudo desafiaban lo prohibido. Dirigida por Gelblung, la revista logró ventas que superaron los 500 mil ejemplares semanales, una cifra que ha resultado imbatible con el paso del tiempo.

Si el contexto y el desafío no hubieran sido tan monumentales, Gelblung habría podido medirse con los grandes del periodismo internacional, como Tom Wolfe o Gay Talese. Fue un abanderado del “nuevo periodismo” que, aunque no gozó de una evolución tan positiva en Estados Unidos, tuvo aquí un recorrido renovador y memorable.

A veces recuerdo un episodio que ejemplifica su característica visión. En plena dictadura, me envió a la pampa para entrevistar a un toro campeón en la Rural. Le dije con resignación: “Chiche, no creo que me entienda nada”. Su respuesta fue muy clara: “Chiquito, vas a hacer una gran nota. A como están las cosas, tenemos que hacer hablar a los toros y a los árboles”. En otra ocasión, me mandó a ver un Ovni. “¿Cómo voy a ver un Ovni esta noche?”, pregunté. “Chiquito, simplemente anda y luego cuenta lo que viste, y lo que no viste también”.

El apodo de “Chiquito” me llegó desde antes de empezar como redactor en “Gente”. Nuestra primera pista fue la Escuela Argentina de Periodismo, donde él se gradúo en el mismo año que yo ingresé, en un entorno vibrante y creativo, con clases de figuras como Vera Pichel y Carlos Juárez. Aquel año fue posiblemente 1964, y yo, con apenas 15 años, estaba decidido a dedicarme al periodismo. Gelblung, con su singular elegancia, destacaba entre un mundo bohemio que no se atrevía a disfrutar de la prosperidad cultural del gobierno de Arturo Illia. En esos días, vestía un prendedor en el ojal, con forma de T, y una cadenita que siempre llevaba en su saco. Le pregunté: “¿Qué tenés allí? ¿El reloj de Lavalle?”. Su respuesta fue críptica: “Algo así, Chiquito”. Nadie supo nunca donde terminaba esa cadenita.

En 1975, coincidimos en Hollywood, cubriendo la película “La Tregua” en su búsqueda por el Oscar. Gelblung tuvo que interrumpir su camino a Saigón, que estaba a punto de caer en manos de Vietnam del Norte.

Al año siguiente, bajo la dictadura, ya en mis primeros años en “Antena”, un colega publicó una nota provocadora sobre la obra “Equus”: “Fui a ver Equus y me aburrí como un caballo”. Yo respondí con un texto titulado: “Hay que ser un caballo para aburrirse con Equus”. Una semana después, el secretario de redacción de “Gente”, Dimas Suárez, me convocó; Gelblung quería hablarme. Me ofreció el doble de mi sueldo en Antena para que me uniera a su equipo. Le dije que lo pensaría y me dio tres días. Mientras me despedía, aconsejó: “Chiquito, yo que vos no lo pensaría demasiado”. Su cercanía sincera logró un vínculo único, pues su calidez hizo que esa expresión se sintiera genuina.

“Gente” era un lugar donde convergían diversos profesionales y figuras de la cultura, el deporte y, de manera más limitada, de la política, que encontraba un ambiente hostil y represivo. Las carreras de las figuras notorias parecían formarse a partir de la confluencia de sus historias personales. Recuerdo a Silvina Bullrich, que solía llegar riendo por los pasillos mientras discutía agriamente por la demora en el pago de sus columnas. Gelblung, con su habitual diplomacia, intentaba calmar su espíritu tempestuoso: “Pero, Silvina, ¡qué alegría verla! ¿Cómo anda?”. Ella respondía con ironía: “Con todo el mundo, muy bien. Con usted, más o menos”.

Además de Bullrich, otras voces brillantes, como Martha Lynch, también formaron parte del entorno vibrante de la revista. A su vez, Gelblung se vio rodeado por aspirantes a la fama y otros personajes requeridos para dar vida a una publicación relevante. En una anécdota, recuerdo a un jugador de fútbol molesto porque “Gente” había revelado que leía solo “El Tony”, una revista de historietas. Con astucia, Gelblung pudo transformar la situación y traer a la luz una revelación sobre la rutina inesperada de un técnico, quien despertaba a sus jugadores con órdenes peculiares que incluían la famosa manzana, instándolos a que comieran para hacer un mejor papel en la cancha.

Gelblung, preocupado por la representación de la mujer en su revista y en su redacción, exigía a su equipo que pensaran en notas interesantes para ese público, pues creía firmemente que detrás de cada compra estaba una mujer. Su mirada crítica fue clave para darle un enfoque que revolucionaría el contenido. En ese contexto, figuras como Renée Sallas y Nelly Loeri destacaron por su talento, y Gelblung daba claras instrucciones: “¡Piensen en notas que le interesen a la mujer, no sean machos bestias!”. Siempre fue un acérrimo defensor de los nuevos talentos del periodismo, dándole espacio en la redacción a personas como María Laura Avignolo, hoy corresponsal en Londres y París, y Osvaldo Leboso, así como muchos otros jóvenes que crecieron bajo su tutela.

A esa generación de periodistas apasionados, Gelblung les abrió las puertas al mundo, llevándolos a las trincheras del conflicto etíope-somalí, al esplendor del palacio de Mónaco, a las luchas de la Nicaragua sandinista y a las audiencias con tres papas en el Vaticano. Gelblung llegó a ser un pilar fundamental y les enseñó a sus colaboradores que su objetivo era reflejar el mundo en las páginas de “Gente” con un enfoque que provenía de la mirada argentina.

En tiempos de terror y dificultad, Gelblung formó a una generación de profesionales dispuestos a relatar la verdad cuando las sombras se disiparan. Me gusta pensar que, con su estilo único, bajo su batuta discurrió la última gran bohemia del periodismo argentino. Aunque pasó con muchas otras bohemias, esta era una “boheme” peculiar que se caracterizaba por su singularidad.

A lo largo de su carrera, Gelblung tuvo muchos enemigos, algunos que lo honraron: para mí fue la mediocridad, algo que él combatía con fervor y sarcasmo. Nunca pidió a nadie que fuese capaz de algo que él no pudiera realizar. Imponía una norma que acompañaba su vida y su trabajo, que se repetía fervientemente entre sus colegas: no se regresa sin la nota, la información se verifica múltiples veces, no existen preguntas imposibles y no hay que ceder ante los primeros rechazos. La más creativa de sus afirmaciones, que hoy ha sido malinterpretada, fue: “Nunca dejes que la verdad te impida hacer una buena nota”. En un contexto adecuado, esa frase representaba una norma de estilo, no una simple picardía.

Esa frase, en su verdadero sentido, subrayaba la importancia de la creatividad y la narrativa; no se debía sacrificar la vivacidad literaria por un hecho duro. La escuela Gelblung sigue siendo un legado perdurable, con su enfoque y su capacidad innovadora a la hora de plasmar historias. En la década del 90, cuando los diarios comenzaron a “arevistarse”, una vez más su influencia fue clave.

En 1981, diferencias con los propietarios de Atlántida lo llevaron a dejar “Gente”. La revista que él había erigido empezaba a desmoronarse. En el periodismo, como en otros ámbitos, nadie es irreemplazable, pero Gelblung se volvió una figura difícil de sustituir. Poco tiempo después, asumió la dirección de “La Semana”, de Editorial Perfil. Allí dejó una huella imborrable, revolucionando su formato y estética, aportando audacia y frescura al contenido producido por su nuevo equipo, creando un ambiente vibrante y colaborativo que estimulaba la creatividad de los periodistas.

En plena dictadura, “La Semana” lanzó una edición icónica, mostrando una tapa monumental donde se evidenciaba el contraste entre un calefón viejo y un libro raído, una poderosa evocación de la realidad argentina en esos tiempos oscuros. Gelblung volvió a encontrar su voz en el periodismo.

En abril de 1982, unos días después del inicio de la guerra en Malvinas, me invitó a sumarme a “La Semana”. En esta ocasión no ofreció un aumento, sino la promesa de una aventura única en el periodismo. Colaboraron en la revista Dimas Suárez, el Pingüino Serra, Néstor Barreiro, entre otros. Pasé abril, mayo y junio en Comodoro Rivadavia, luego regresé a Buenos Aires, donde cubrí la visita de Juan Pablo II, en plena epoca de tensión por la rendición en Puerto Argentino. En esos días, le relaté a Gelblung la realidad vivida: el difícil clima en el sur, la espera eterna en medio de la guerra y la vigilancia que sufríamos. Su respuesta fue inquietante: “¿Sabés una cosa, Chiquito? Acá va a haber un Núremberg”.

Con la dictadura en retirada, sus últimos intentos de reconocimiento alcanzaron a “La Semana”, que fue clausurada y luego reabierta por la Justicia. Ante la presión de los tiempos, y los ataques al periódico, Gelblung tuvo que exiliarse a España. Aquella etapa dorada del periodismo argentino estaba llegando a su fin.

Después, Gelblung probó en el mundo audiovisual, participando en “Polémica en el Bar”, donde mostró su claridad y humor, además de recibir un merecido Martín Fierro de oro. Años más tarde, aunque sus intervenciones en televisión fueron más escasas, reflejaron rasgos de su faceta provocativa que perduraron hasta el final de sus días. Aunque parecía haber encontrado su lugar en el circo mediático, su esencia siguió estando presente.

Pocos días después de que comenzara el conflicto en Ucrania, y con 78 años, decidió a retratar la guerra para “Crónica”. Sin embargo, se mostró reticente sobre su llegada a Kiev, mencionando la imposibilidad de moverse por el caos reinante. A medida que los tiempos cambiaron, el propio Gelblung también lo hizo.

Con su fallecimiento, se extingue una etapa y una forma de concebir el periodismo en Argentina. Su legado, que siempre abogó por la sensibilidad y el refuerzo de la inteligencia en el relato periodístico, se mantendrá por un largo tiempo entre quienes compartieron con él esta profesión apasionante. También se apaga la posibilidad de requerirlo bajo la sombra del almendro, como pedía el poeta, para charlar sobre tantas vivencias compartidas.

Adiós, Chiche, compañero de rutas y glorias.

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