Con poco más de medio millón de habitantes, la selección caboverdiana ha demostrado durante la Copa Mundial de Fútbol una notable resiliencia y esfuerzo, atributos predominantes de su población.
Chã das Caldeiras es un claro ejemplo de esta fortaleza. Los residentes saben que su hogar es temporal. Ubicada en la isla de Fogo, esta comunidad de apenas 950 habitantes se halla dentro de la caldera del volcán más imponente de Cabo Verde. Dominando el paisaje se encuentra el Pico Do Fogo, una montaña de lava que alcanza los 2829 metros de altura y es uno de los principales atractivos turísticos de la isla. Sin embargo, esta importante fuente de ingresos también representa un riesgo constante para sus habitantes.
Ante la pregunta de por qué residir en un lugar con riesgo de erupción, las respuestas más comunes incluyen la fertilidad de la tierra, el atractivo turístico y el acceso al agua. No obstante, el sentido de pertenencia es un factor fundamental para los pobladores de Chã das Caldeiras, superando incluso el temor a las catástrofes naturales.
La región ha padecido más de 25 erupciones a lo largo de su historia reciente, obligando a la evacuación de la población. La más reciente, en 2014, tuvo que desplazar a los residentes de Portela y Bangaeira a otras áreas de la isla, aunque, según el informe del Observatorio Vulcanológico de Cabo Verde, no se registraron muertes, pero los daños materiales fueron significativos.
La erupción se inició el 23 de noviembre de 2014 a la medianoche y se prolongó durante casi tres meses. “Fue difícil ver la aldea destruida, el pueblo perdió todo”, afirmaron desde un hotel de la zona.
Entre los daños más severos se encontraba la pérdida total de tierras agrícolas y vitícolas, indicó Antonio Monteiro, guía turístico del archipiélago.
Luego de la emergencia, los habitantes fueron trasladados a una aldea cercana, alejada del cráter, y regresaron a Chã das Caldeiras cuatro meses después. Esta decisión, sin respaldo oficial, se tomó a pesar de los intentos del gobierno de Cabo Verde por impedir la reconstrucción en un área considerada de alto riesgo, donde las evacuaciones implican costos elevados.
“Lo más complicado fue recuperar la vida que llevaban en la localidad”, recordó Monteiro. Algunos lograron rescatar parte de sus viviendas, pero aquellos que no tuvieron esa suerte aprovecharon el espacio y empezaron a construir nuevos hogares desde cero. “La fuerza de voluntad y la pasión por lo que ya habían edificado allí fueron cruciales para la reconstrucción”, añadió el guía.
Curiosamente, la lava, a pesar de ser el mayor destructor, se transformó en un recurso clave para la reconstrucción de la comunidad. Las piedras volcánicas utilizadas para las construcciones se convirtieron en una de las características más distintivas de la zona.
Con el tiempo, el Gobierno decidió apoyar el proceso de recuperación, que incluyó la construcción de una segunda carretera, dado que la única vía de acceso había sido destruida durante la erupción de 2014. También se establecieron una escuela primaria, una iglesia y se instaló alumbrado público en la comunidad.
Además, se crearon siete estaciones de monitoreo para evaluar la actividad volcánica y se establecieron colaboraciones con instituciones académicas para mejorar las predicciones, según Monteiro.
No obstante, los desafíos continúan, ya que el suministro eléctrico es limitado y muchas casas dependen de paneles solares para obtener energía.
A pesar de los impactos negativos de la erupción, los habitantes se beneficiaron de la utilización de dos elementos: las rocas para la construcción y el turismo. La atracción que generó el volcán y su entorno llevó a un creciente interés de extranjeros, lo que la comunidad supo capitalizar. “Los que regresaron comenzaron a montar cabañas, barracas y a recibir visitantes”, relató Monteiro.
El turismo inició inicialmente como una actividad diurna, donde los visitantes se hospedaban en ciudades cercanas y luego viajaban durante el día al pueblo. Ocho meses después, comenzaron a recibir turistas en sus propios hogares y a construir alojamientos que consolidaron la oferta turística.
Uno de ellos es un pequeño hotel inaugurado en 2023, el cual busca ayudar a la comunidad al no contar con restaurante propio y así fomentar que los huéspedes consuman en los distintos locales del pueblo. Asimismo, procuran promover el trabajo local al contratar a empleados de la zona.
“La mayoría de nuestros clientes son europeos, sobre todo vienen a hacer senderismo, como la subida al Pico do Fogo”, indicaron desde el hotel.
Alemanes, franceses y suizos son los principales visitantes, atraídos por el senderismo y la escalada. La temporada alta abarca desde octubre hasta abril.
Monteiro definió el desarrollo turístico de Chã das Caldeiras como “embrionario”: un crecimiento aún incipiente pero con un enfoque sostenible y comunitario. En un entorno moldeado por el fuego, “el turismo se ha convertido en el motor fundamental para la recuperación del pueblo”, concluyó.









