Ante esta consulta, el informe de una comisión internacional recién publicado en una revista científica de renombre no ofrece una respuesta sencilla. Tras examinar múltiples riesgos para la salud global, los investigadores identificaron 17 amenazas que podrían impactar considerablemente el bienestar humano en las próximas décadas. Sin embargo, solo dos de ellas tienen la capacidad de causar la extinción de nuestra especie antes de 2100: un conflicto nuclear global y el uso malintencionado de la inteligencia artificial.
El informe, elaborado por la comisión que estudia amenazas globales para la salud del siglo XXI y dirigido por el investigador Christopher J. L. Murray, señala que los gobiernos tienden a evaluar los riesgos de manera aislada, ignorando las conexiones intrínsecas entre ellos. “La salud mundial está amenazada por una compleja red de riesgos interdependientes”, advierten los autores. La visión fragmentada de estos problemas impide captar la magnitud de las amenazas que enfrenta la humanidad.
Los investigadores subrayan que las amenazas para la salud mundial están entrelazadas y que reconocer esas interrelaciones es tan vital como comprender cada riesgo en forma individual. La comisión no se limita a examinar enfermedades infecciosas o problemas médicos tradicionales, sino que también analiza conflictos armados, el cambio climático, la desigualdad económica, la educación, la contaminación, las adicciones y el impacto de nuevas tecnologías. El objetivo es determinar cuáles de estas amenazas podrían causar la mayor pérdida acumulativa de salud en las próximas décadas.
Las amenazas se dividen en catastróficas y existenciales. Las primeras pueden ocasionar daños masivos, millones de muertes o retrocesos sociales significativos. Las segundas amenazan la continuidad misma de la civilización o de nuestra especie. En esta categoría extrema, se identifican únicamente dos riesgos.
El primero es un conflicto nuclear global. La preocupación no se limita a la destrucción inmediata que causa una guerra nuclear, sino que se extiende a sus consecuencias a largo plazo, como una posible hambruna nuclear provocada por cambios climáticos que afectarían severamente la producción de alimentos a nivel mundial.
La segunda amenaza existencial es el uso malicioso de la inteligencia artificial. La inclusión de la IA en esta clasificación es notable, ya que la sitúa al mismo nivel que el conflicto nuclear en un informe de tal envergadura. Los autores reconocen que el nivel de incertidumbre en torno a la IA es mayor en comparación con otros riesgos más conocidos. Sin embargo, sostienen que la rapidez del avance tecnológico justifica incluir esta amenaza dentro de aquellos escenarios de mayor gravedad.
El informe menciona tres mecanismos principales a través de los cuales la inteligencia artificial podría causar daños severos: la facilitación en el desarrollo de armas biológicas avanzadas, fallos o manipulaciones de infraestructuras críticas y la posible pérdida de control sobre sistemas de inteligencia artificial complejos.
Aun así, se deja claro que las proyecciones sobre inteligencia artificial se basan en evidencia indirecta, análisis prospectivos y consultas a expertos, lo que lleva a interpretarlas con cautela.
Además de estos dos escenarios críticos, los investigadores han identificado otras 15 amenazas que podrían ocasionar impactos catastróficos en la salud global. Entre ellas, se encuentran la contaminación del aire, la resistencia a los antimicrobianos, la malnutrición infantil, el cambio climático, la disminución de la ayuda internacional en salud, los conflictos armados convencionales, el consumo excesivo de alcohol, la hipertensión, la desigualdad económica, la falta de educación, pandemias naturales, la obesidad, problemas de salud mental, tabaquismo y envejecimiento poco saludable.
Un hallazgo sorprendente es que el cambio climático no ocupa el primer lugar en la lista de factores que podrían evitar el impacto sanitario acumulativo hasta finales de siglo. En primer lugar están, en cambio, la combinación de obesidad, mala alimentación y sedentarismo.
Le siguen factores como el acceso limitado a la educación, la desigualdad económica, los riesgos derivados de la inteligencia artificial, la posibilidad de un conflicto nuclear, los problemas de salud mental y el tabaquismo. Los autores precisan que esto no minimiza los efectos nocivos del cambio climático; apuntan que muchas evaluaciones tradicionales podrían estar subestimando sus consecuencias al no incorporar adecuadamente fenómenos como olas de calor extremo, contaminación por incendios forestales, inundaciones, impacto en la producción alimentaria o la expansión de enfermedades infecciosas.
En cuanto a las pandemias, se advierte que continúan representando un desafío importante para la salud mundial. El impacto de la Covid-19 demostró que incluso los sistemas de salud más desarrollados pueden enfrentar enormes dificultades al combinar vulnerabilidades biológicas, alta conectividad y deficiencias en la gestión institucional.
Los investigadores insisten en que el gran reto del siglo XXI no radica solo en responder a las amenazas cuando surgen, sino en generar capacidades sostenibles de anticipación. Una de las recomendaciones centrales es establecer mecanismos globales de monitoreo que permitan identificar riesgos emergentes antes de que se transformen en crisis.
“La humanidad ha demostrado una capacidad extraordinaria para responder a desafíos una vez que estos se hacen evidentes”, sostiene la comisión. Sin embargo, los autores advierten que muchas de las amenazas más serias pueden desarrollarse durante años sin mostrar sus efectos inmediatos.
El informe concluye que fortalecer los sistemas de salud por sí solo no es suficiente, y que debe complementarse con aumentos en inversión en investigación científica, innovación tecnológica, educación y cooperación internacional. Para los autores, las amenazas que definirán este siglo no se limitan únicamente al ámbito de la salud; su origen puede encontrarse en laboratorios, ecosistemas, conflictos armados, sistemas educativos, mercados de energía o plataformas tecnológicas. Por esta razón, sostienen que la respuesta debe ser integral y abarcativa.
La advertencia más significativa de la comisión es que el futuro de la salud en la humanidad dependerá en gran medida de la capacidad colectiva para gestionar riesgos complejos e interconectados.









