Una niña de cuatro años, llamada Janet, dejó una huella imborrable en la vida de Jorge Lozano. Al enterarse de su inminente jubilación, decidió hacerle una propuesta que a sus ojos resultaba completamente lógica: solicitar que se quedara a vivir en su hogar. Jorge intentó explicarle que no podía, que carecía de una cama, pero la respuesta de la pequeña fue inmediata. Al día siguiente, su madre se acercó para preguntar qué había dicho a su hija. Al escuchar la historia, ella le hizo saber que Janet había encontrado la solución: “Me ha dicho que pida cama y que pida colchón y almohada, todo para usted. Quédate”. Además, le ofreció acompañarlos durante el verano, cuando su familia saliera a la cosecha, y tendría acceso a “la pileta larga”, como se refería al canal donde se refrescaban. En una charla, Jorge evoca esta anécdota entre risas, aunque encierra una profunda realidad sobre su experiencia de 34 años como maestro rural: para esos niños y sus familias, el maestro no era solo un educador, sino una figura esencial en sus vidas. Jorge, a sus 62 años, se jubiló el 1 de agosto de 2024, después de casi 36 años dedicados a la docencia. La mayor parte de su trayectoria se desarrolló en escuelas rurales de San Juan, donde recorrió un amplio territorio provincial, desde Angaco y Albardón hasta Sarmiento, Caucete y Valle Fértil. Durante los últimos 25 años, estuvo en la misma institución, la escuela República de Bolivia, situada en La Planta de Marayes, dentro del departamento Caucete. Antes de establecerse allí, pasó por varias escuelas y ocupó cargos directivos, pero pronto se dio cuenta de que su verdadera vocación no se hallaba en la educación urbana. Tras recibir su título, comenzó a trabajar en el Colegio Don Bosco, donde había sido scout y se sentía en casa. Sin embargo, un sacerdote salesiano, Alejandrino Rodríguez, le sugirió probar en una escuela rural. Así lo hizo, comenzó a enseñar en la José Alejandro Segovia, en Angaco, como suplente, y luego continuó su recorrido hasta lograr titularizar en la Juan Eugenio Serú, en Sarmiento. Posteriormente, se desempeñó como interventor y director en diversas instituciones, mientras gran parte de su carrera se desarrollaba en contextos rurales. “Sentí que podía ser más útil”, asegura. También era un regreso a sus raíces, ya que había crecido en un entorno rural en Angaco, lo que le brindaba una sensación de comodidad. “La ruralidad era mi mundo y me sentía muy bien allí. Así que me quedé y no volví nunca más a la zona urbana”, agregó. La labor de un maestro rural implicaba desafíos que iban más allá de la enseñanza de la currícula. Muchos de los niños llegaban a la escuela sin experiencia previa con herramientas básicas que otros consideraban de uso diario. “Cuando un chico de la ruralidad llega a la escuela, viene, como suelen decir los maestros, cero kilómetro. No sabe usar la tijera, no sabe usar el lápiz”, explica. Esto se debía a que, a menudo, esos elementos no estaban disponibles en sus hogares, lo que obligaba a empezar desde un punto muy básico. A lo largo de su carrera, Jorge también estuvo a cargo del nivel inicial y del ciclo básico rural, los primeros tres años de secundaria, enseñando a adolescentes mientras asumía funciones como director. “Uno no había sido preparado para eso”, admite, aunque fue aprendiendo en el proceso. Al llegar a algunas de estas escuelas, las condiciones para enseñar eran rudimentarias; carecían de electricidad y agua potable. Muchos de los estudiantes habían llegado a pedir agua en la ruta que une San Juan con La Rioja. Así, la escuela debía abordar mucho más que materias como lengua, matemáticas o ciencias; debía abrir puertas que habían estado cerradas durante generaciones. En algunas pequeñas comunidades rurales existía la tradición de que los matrimonios se formaran entre jóvenes del mismo pueblo, con familias que se conocían desde siempre y frecuentemente estaban emparentadas. Durante años, la escuela trabajó en la idea de que estos chicos pudieran ampliar sus horizontes, conocer a otros y prevenir uniones entre familiares. Con el tiempo, la llegada de cable, internet, salud pública y equipos docentes permitió acceder a información y servicios previamente inalcanzables. Se llevaron a cabo controles de salud, estudios odontológicos y campañas contra el Chagas. Jorge recuerda con especial cariño aquellas jornadas en que, junto al personal especializado, realizaban tareas para combatir vinchucas. Sin embargo, quizás el desafío más significativo fue el de convencer a los chicos de que su futuro no estaba destinado a concluir en el mismo lugar donde nacieron. Jorge y su equipo trabajaron arduamente para posibilitar que continuaran sus estudios en instituciones secundarias y, posteriormente, en niveles superiores. En Colonia Fiscal, se creó un ciclo básico que evolucionó hasta convertirse en una escuela secundaria. En Valle Fértil, se gestionaron soluciones para que los alumnos pudieran trasladarse, continuar sus estudios y contar con transporte y alimentación. Fueron años de trámites, papeles, discusiones y desplazamientos constantes. Para Jorge, esto era simplemente parte de su labor; nunca imaginó que estaba realizando algo extraordinario. Así, se llevó una sorpresa cuando alguien le mencionó que él era el fundador de esa escuela. “Yo nunca lo había merituado”, confiesa. Para él, solo había persistido hasta que los chicos pudieran acceder a una educación. Solo después de su jubilación pudo mirar hacia atrás y entender la magnitud de su trabajo: “A la pucha, en realidad mi esfuerzo, mi terquedad, o mi locura, lograron que todos esos chicos hoy estén haciendo sus estudios superiores”. Uno de sus mayores orgullos es haber visto crecer a tres generaciones de estudiantes; fue maestro de los hijos de quienes una vez fueron sus alumnos y, en algunos casos, de sus nietos. La relación jamás se limitó a su rol profesional. Cuando esos antiguos alumnos se convirtieron en padres, Jorge continuó tratándolos con la misma cercanía que cuando eran niños. Si había faltas de comportamiento o problemas, los llamaba la atención como lo haría con cualquier estudiante. Para él, no existía una distancia entre director y padre. La conexión que mantenía con los padres no era del director al padre, sino la del maestro a un alumno, reflexiona. Esa cercanía resultó ser el mayor regalo que recibió tras tantos años. Lo descubrió el día de su despedida. Jorge pasaba toda la semana en la escuela y, en esa ocasión, su hijo lo fue a buscar para llevarse sus cosas. Al llegar a la puerta, se encontró rodeado por todo un pueblo. Allí estaban las familias, los vecinos y muchos de aquellos hombres del campo que había conocido durante décadas: “Fundamentalmente, los hombres del campo, gente del monte, de hachar leña, hombres rudos”, recuerda. En ese momento, un suceso emotivo lo conmovió profundamente: algunos de esos hombres se emocionaron hasta llorar. Lo abrazaron, le dieron besos y le dijeron adiós. No fue un evento protocolar ni un acto escolar; fue el pueblo manifestando su despedida al maestro que había formado parte de sus vidas. “Eso pega fuerte”, afirma. Para Jorge, fue exactamente la despedida que había anhelado. No deseaba homenajes grandiosos; solo quería un simple adiós. Y en ese día, sintió que lo estaban despidiendo todos. Dos años después de su jubilación, continúa reflexionando sobre la educación y lo que debería restablecerse. No aboga por un cambio radical, sino por recuperar la conexión perdida entre la escuela y las familias. Esa colaboración entre docentes, padres y madres que persiguió un único fin: que los niños aprendieran, se educaran y estuvieran bien. “Creo que se debe volver a ser esa sociedad magnífica”, sostiene. “Y si hoy tuviera delante a un grupo de alumnos, mi consejo no sería complicado. Les diría que estudien, que aprendan y, sobre todo, que busquen aquello que realmente les gusta”, asegura. Para Jorge, hay una certeza fundada en sus años de experiencia: la forma más auténtica de alcanzar la felicidad es dedicarse a lo que se ama. “Yo fui el tipo más feliz del mundo en la docencia”, asevera. A pesar de haber enfrentado días difíciles, evaluaciones insatisfactorias y alumnos que no aprendieron lo esperado, terminaba contento. “Era porque en realidad era mi vocación. Era mi mundo. Era donde yo estaba feliz”. El 11 de septiembre, al celebrarse el Día del Maestro en Argentina y al recordar la figura de Sarmiento, Jorge Lozano habrá dejado atrás aquellas aulas rurales donde dedicó más de tres décadas. Ya no tendrá que recorrer caminos hacia la escuela ni preocuparse por subsanar carencias. Sin embargo, hay algo que no se retiró con su jubilación: la firmeza de que la enseñanza fue la decisión más acertada. Por ello, al mirar atrás y recordar a aquella niña de cuatro años ofreciéndole cama, colchón y almohada para persuadirlo de que no se marchara, o a aquellos hombres rudos llorando en la puerta de la escuela, comprende que recibió algo que ningún reconocimiento, ascenso o cargo podría otorgarle: durante 34 años, fue el maestro rural de un pueblo que, en su despedida, no quiso dejarlo marchar tan fácilmente.









