Su mente revivía los últimos abrazos y besos de ese hombre que había sido su compañero durante más de siete años. En medio de su dolor y su insomnio, experimentó una visión en la que Matías se manifestaba tras su muerte en el helicóptero. “Se me aparece el Bell 412, con todas sus luces, y él manejando baja hacia mí y me muestra que los envuelve una nube y que chocan contra algo”, relató Mariana.
Mientras su voz temblaba, buscaba expresar las imágenes que aún la acompañaban. “La segunda noche después de la tragedia, apareció otra vez Matías con el helicóptero, pero esta vez me tendió la mano”, rememoró. Mariana intentó alcanzarlo, pero en un instante, todo se desvaneció. Desde ese momento, no volvió a tener otra aparición.
Buscando darle sentido a estas visiones, se cuestionó: “¿Cómo puede ser? Si había niebla, ¿por qué volaron?”. Hoy, dos meses después del accidente, está convencida de que Matías vino a revelarle las respuestas que tanto anhelaba. Por su parte, encontró una forma de seguir comunicándose con él: le escribe cartas. Durante las noches de insomnio, mientras gira en la cama, deja fluir las palabras que lleva en su corazón.
“Los recuerdos son tan intensos que nuestra historia nunca podrá morir. Nunca va a terminar”, afirmó.
Mariana y Matías se conocieron en la Escuela de Educación Media de General Belgrano, un pueblo de 20.000 habitantes en la Provincia de Buenos Aires. Compartían un grupo de amigos, pero cada uno había construido su vida y tenía su pareja. Con el tiempo, esas reuniones se volvieron más frecuentes. “Un día nos juntamos en mi casa y, tras hablar en grupo, quedamos ambos separados y continuamos en privado”, recordó Mariana.
Ella fue la que dio el primer paso al invitarlo a cenar. “Creo que me enamoré en el primer segundo de esa noche, a ambos nos pasó algo parecido”, añadió. A pesar de tener hijos, decidieron llevar su relación con calma. Sin embargo, los encuentros se repitieron, convirtiéndose en un año de romance clandestino marcado por la pandemia.
“Estábamos encerrados, y yo salía en bici, vestida de negro y escondida, para ir a su casa. Vivimos en un pueblito, era una locura, pero el amor era más fuerte”, explicó.
Compartiían gustos musicales y las charlas eran interminables. Las hijas de Mariana comenzaban a sospechar sobre la relación, y la pareja se vio obligada a revelar la verdad. Pronto comenzaron a convivir en la casa de Matías.
“Tuvimos una relación tan hermosa que para mis hijas él era su segundo papá. Era extraordinario, se preocupaba por todo, lo adoraban; éramos una familia”, comentó la docente de nivel inicial.
La noche previa al viaje a San Juan, la hija de Mariana celebraba su cumpleaños. Matías había prometido hacerle un asado. La familia de Mariana y el tío e hija de Matías estaban presentes, y celebraron hasta las dos de la mañana. Al día siguiente, el Uber pasó a recoger a Matías a las cuatro de la tarde. Antes de irse, le dio a Mariana un último beso.
“Nunca se me cruzó por la cabeza que podría irse para siempre”, admitió.
“Siempre hablaba de su trabajo, conocía a todos sus compañeros. Compartíamos reuniones y cumpleaños, y siempre contaban los mismos relatos del helicóptero. Su labor era salvar a las personas”, añadió.
Matías le envió su último mensaje de voz el 29 de julio a la una de la madrugada, pocas horas antes del accidente. “Me dijo que habían terminado de cenar, que habían comido carne y que estaban todos allí. Los pilotos y la gente que iba en el helicóptero al día siguiente”, recordó Mariana.
En ese audio, Matías mencionó que al día siguiente se dirigirían a Valle Fértil para trasladar a funcionarios que participarían de una capacitación. Junto a él irían otros profesionales en dirección a ayudar en un incendio en Chilecito, La Rioja.
“‘Explotó la subcomisión de bochas’; era un dicho que él tenía, como señalando que todo se había complicado. Eso fue lo último que me dijo”, rememoró.
Horas más tarde, el director de la empresa donde Matías trabajaba se comunicó con Mariana, ofreciendo ayuda. Ella, sin comprender la gravedad, pensó que Matías tal vez había perdido su celular. Cuando llegó a su casa, contactó a un amigo piloto de Matías y ahí le dieron la alarmante noticia del accidente.
El mundo de Mariana se desmoronó. No podía asumir que Matías había muerto. “Preguntaba; ¿lo vieron? ¿Si nadie fue al lugar? ¿Cómo saben que los cuerpos están? No entendía por qué si Matías estaba preparado para sobrevivir”, explicó.
Hoy, tras dos meses, siente que no quedó nada pendiente por decir. Quizás hubiese querido llamarlo aquella mañana del 29 de julio, como solía hacerlo antes de volar. “Él me enviaba un mensaje diciendo: ‘Hola, estoy en el helicóptero, salimos en 15’, pero Matías no lo hizo. Es raro”, agregó.
El piloto sabía que su trabajo era riesgoso. Había discutido con Mariana y amigos sobre sus deseos en caso de un accidente, solicitando ser cremado y que sus cenizas sean esparcidas en Bariloche, un lugar que ambos amaban y donde soñaban envejecer juntos.
“Ese era nuestro proyecto de vida. Ojalá pueda cumplir su deseo de cremarlo para que su alma descanse donde él quería, sería completar su paso por acá”, expresó.
Aún se espera el informe de la caja negra, crucial para esclarecer lo sucedido antes del impacto. No obstante, Mariana siente que ya tiene su respuesta. Matías se la reveló aquella madrugada del 30 de julio. “Estaba despierta y me lo mostró. No creo que haya sido falla humana ni del helicóptero”, afirmó.
Quizás por eso continúa escribiéndole; necesita que su historia se mantenga viva. Aunque el futuro que imaginaron quedó suspendido en ese último beso, frente a la valija que Matías colocó en el baúl del Uber, su amor perdura a través de las cartas que Mariana le escribe.









