La Policía Federal irrumpió violenta y forzosamente en cinco facultades, agrediendo a miembros de la comunidad académica, causando aproximadamente 300 heridos y 400 detenidos, y poniendo fin a la autonomía universitaria lograda con la Reforma de 1918.
La represión se concentró principalmente en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, lo que llevó a que numerosos investigadores decidieran renunciar a sus puestos, y muchos otros abandonaran el país, desencadenando una fuga de cerebros que impactaría negativamente en el desarrollo científico del país durante décadas.
Este evento ocurrió apenas un mes después del golpe de Estado que derrocó al presidente legítimo Arturo Illia, y que llevó al poder a Onganía, quien encabezó la autodenominada “Revolución Argentina”.
Una de las primeras decisiones de su administración fue atentar contra la autonomía universitaria, un principio fundamental establecido por la Reforma Universitaria que permitía a las universidades ser gestionadas por sus propios organismos, con la participación de docentes, graduados y estudiantes.
El 29 de julio de 1966, Onganía firmó el decreto 16.912, que suprimía dicha autonomía y sometía las instituciones a la dependencia directa del Poder Ejecutivo, ahora bajo la órbita del Ministerio del Interior, que supervisaba las fuerzas de seguridad, en vez del Ministerio de Educación.
La norma disolvía los Consejos Superiores y obligaba a rectores y decanos a aceptar su continuidad como interventores designados por el gobierno o renunciar, otorgándoles un plazo de 48 horas para decidir.
La UBA se convirtió en un bastión de resistencia. Su rector, Hilario Fernández Long, manifestó su rechazo desde el primer día del golpe, instando a “mantener vivo el espíritu que haga posible el restablecimiento de la democracia”.
Frente a la nueva ley, docentes, estudiantes y graduados se congregaron para discutir cómo responder a la intervención. Las manifestaciones más contundentes se desarrollaron en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales, Filosofía y Letras, Medicina, Arquitectura e Ingeniería.
Durante la noche, la Policía Federal cercó los edificios universitarios. Alrededor de las 22 horas, efectivos de la Guardia de Infantería ingresaron a la Facultad de Ciencias Exactas, situada en la Manzana de las Luces, en el centro de la ciudad.
La represión fue liderada por el general Mario Fonseca y pasó a denominarse internamente “Operación Escarmiento”.
En el interior de la facultad, estudiantes, profesores y autoridades fueron desalojados mediante amenazas y agresiones. Aquellos dentro del edificio fueron forzados a salir con las manos en alto, atravesando una doble fila de agentes que los golpeaban con bastones.
Uno de los relatos más notorios proviene del matemático Manuel Sadosky, quien en aquel momento era vicedecano. Recordó: “Recuerdo que yo usaba sombrero y lo tenía puesto, así que cuando pegaron los palos, el sombrero atenuó los golpes, que no me parecieron gran cosa, pero después, en la comisaría, pasé frente a un espejo donde me vi la cara ensangrentada. Y me lavé, porque me daba vergüenza estar en esa situación”.
Sadosky agregó: “La verdad es que fue verdaderamente notable con tantos palos que dieron que no hubieran matado gente, porque pegaban bien, pegaban con habilidad”.
La represión también afectó a la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudiantes y docentes fueron atacados dentro del edificio sobre la avenida Independencia. Entre los que se encontraban allí estaba el sociólogo Horacio González, quien recibió un golpe en la cabeza y cayó ante sus compañeros, quienes lo sacaron para llevarlo a un hospital y evitar que fuera detenido.
Un testimonio relevante fue el del profesor estadounidense Warren Ambrose, docente invitado del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que se encontraba en la Facultad de Ciencias Exactas.
Ambrose envió una carta a un medio estadounidense en la que relató: “Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas, que resultaron ser gases lacrimógenos. Al poco tiempo estábamos todos llorando bajo los efectos de los gases”.
“Nos ordenaron, a los gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer de pie, con los brazos en alto, contra una pared”, prosiguió.
“El procedimiento para que hiciéramos eso fue gritarnos y pegarnos con palos. Los golpes se distribuían al azar y yo vi golpear intencionalmente a una mujer; todo esto sin ninguna provocación. Estoy completamente seguro de que ninguno de nosotros estaba armado, nadie ofreció resistencia y todo el mundo (entre quienes me incluyo) estaba asustado y no tenía la menor intención de resistir”, añadió.
“Luego, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno de otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros”, describió.
De acuerdo con los registros oficiales, la represión dejó cerca de 300 heridos y alrededor de 400 detenidos.
Dicha represión desencadenó una crisis en el sistema universitario argentino y provocó una de las mayores pérdidas de capital científico e intelectual en la historia del país.
Uno de los primeros efectos de este suceso fue la masiva renuncia de docentes e investigadores que se negaron a continuar trabajando bajo las nuevas condiciones impuestas por el gobierno militar.
Según un estudio realizado por la química Silvia Braslavsky y el matemático Raúl Carnota, al cumplirse 50 años del episodio: “En la primera semana de agosto (de 1966) se produjeron 1.378 renuncias de docentes en la UBA: 391 en Exactas y Naturales, 305 en Filosofía y Letras, 268 en Arquitectura y Urbanismo, 180 en Ingeniería, 66 en Derecho, 35 en Ciencias Económicas, 34 en Medicina, 20 en Agronomía y Veterinaria, 14 en Farmacia y Bioquímica, 2 en Odontología y 63 en los Institutos dependientes de Rectorado”.
Entre los que renunciaron se encontraba Sadosky, quien había promovido la llegada de Clementina, la primera computadora científica instalada en una universidad argentina, que había comenzado a funcionar en 1961 en el Instituto de Cálculo de la UBA.
Otros que también dejaron el país fueron el meteorólogo y decano de Exactas Rolando García, quien años más tarde colaboraría con el psicólogo suizo Jean Piaget en el desarrollo de la epistemología genética; el filósofo de la ciencia Gregorio Klimovsky; el historiador Tulio Halperín Donghi; el filósofo y exrector de la UBA Risieri Frondizi; y la física Mariana Weissmann.
Esta migración de investigadores fue conocida como “fuga de cerebros”, un fenómeno que implicó que científicos formados en universidades públicas argentinas continuaran sus trayectorias profesionales en otros países como Uruguay, Venezuela, México y Estados Unidos.









