Todas estas respuestas pueden ser válidas, pero ninguna encarna con precisión su mayor virtud: ser una persona común.
El estratega que logró bordar la tercera estrella en el escudo de la AFA y estuvo a un paso de alcanzar la cuarta en un Mundial memorable es considerado un fenómeno inusual en el ámbito del fútbol argentino. En un entorno donde la presión y la exposición son palpables, ha mantenido su sensatez. Es importante señalar que la reciente derrota ante España no empaña en absoluto la relevancia de su labor. Habrá ocasión para analizar y debatir sobre esa final, pero en este momento, la atención debe centrarse nuevamente en Scaloni.
Su singularidad radica en que camina por el mundo sin máscaras. Reconoce que, a pesar de los millones que mueve el fútbol, sigue siendo un juego. Así, tras un tropiezo inesperado en un ciclo tan notable, fue el primero en intervenir desde el banquillo para separar a sus jugadores y evitar un conflicto. “Andá a festejar”, le dijo a Borja Iglesias cuando el atacante español parecía más dispuesto a pelear que a disfrutar del triunfo.
Scaloni también mostró su lado más humano en la conferencia de prensa, donde reveló que había llorado lo necesario en el vestuario. Esa imagen se seguirá compartiendo en redes sociales y chats como un sticker, recordando su asombro y alegría cuando, en Qatar, se dio cuenta de que era el entrenador campeón del mundo.
No hubo actuación ostentosa, solo estuvo allí la persona, un hombre atrapado por la emoción.
Esta vez el final no fue el anhelado. Sin embargo, lejos de aferrarse a su puesto, se percibió que comprendía que su ciclo estaba completo. Su contrato finaliza el 31 de diciembre y se anticipa que intentarán convencerlo de continuar. Sin embargo, Scaloni parece consciente de que los ciclos deben concluir, y a veces, retirarse a tiempo es, también, una forma de victoria.
No debe interpretarse como una falta de respeto: nadie habría pronosticado que aquel lateral derecho, elegido casi por necesidad para dirigir una selección devastada tras el Mundial de Rusia 2018 y la etapa de Jorge Sampaoli, se convertiría en uno de los protagonistas más relevantes en la historia del fútbol argentino. Rompió paradigmas y deshizo antinomias viejas y tediosas. Sin grandilocuencias, sin promesas vacías, construyó un equipo memorable y ahora llega el momento del cierre.
Nada perdura para siempre, y él tiene plena conciencia de ello. Los trofeos que ha conseguido ocuparán un lugar destacado en las estadísticas: dos Copas América, una Finalissima, el Mundial de Qatar y otra final mundial quedarán grabados para siempre en la historia. Ninguna de esas alegrías será olvidada.
El verdadero legado de Scaloni es, tal vez, otro: junto a su cuerpo técnico demostró que se puede triunfar sin convertirse en una figura pública. Que es posible liderar al mejor equipo del mundo manteniendo la humildad.
En un fútbol que a menudo premia el ego y la ostentación, Scaloni decidió permanecer como un tipo común. Y quizás, esa haya sido su mayor victoria.









