Un sondeo previo había proyectado una inflación del 3,0%.
Al excluir la energía y los alimentos no procesados, la inflación “subyacente” —que busca reflejar con mayor precisión la tendencia de los precios al eliminar la volatilidad de estos artículos— aumentó un 2,2% en junio, luego de un incremento del 2,3% el mes anterior.
Al considerar solo los precios sin energía, alimentos no procesados, tabaco y alcohol, el incremento fue del 2,4%, comparado con un aumento del 2,6% en mayo.
Esta cifra pone fin a cuatro meses consecutivos de incremento en el IPC y llega poco después de que el Banco Central Europeo (BCE) decidiera aumentar los tipos de interés por primera vez en casi tres años. Esta decisión fue adoptada como respuesta al aumento de los precios registrado durante el año y los riesgos asociados a la tensión energética derivada de la situación en Medio Oriente.
Así, este dato indica un posible cambio de tendencia tras un inicio de año caracterizado por aumentos constantes, lo que había llevado a los mercados a anticipar un endurecimiento de la política monetaria.
Es importante recordar que entre febrero y mayo, la inflación pasó de niveles cercanos al objetivo del 2% a alcanzar el 3,2%, siendo esta variación impulsada en gran medida por el aumento significativo de los costos de energía tras el cierre del estrecho de Ormuz y la problemática en el abastecimiento de petróleo y gas.
La disminución de la inflación en junio no elimina por completo la incertidumbre de los meses pasados, pero sí alivia, al menos temporalmente, la presión en la zona euro para ajustar los tipos de interés. El descenso al 2,8% sugiere que el repunte anterior podría haber sido menos duradero de lo que se temía.
No obstante, la trayectoria de los precios de la energía será crucial para determinar si esta desaceleración se debe a un cambio de tendencia real o simplemente a una corrección momentánea luego de varios meses de tensión.









