“Está parejo”, aseguró una fuente cercana a las altas esferas del Ejecutivo, quien destacó el interés particular que el Gobierno tiene en el contexto preelectoral.
Los ciudadanos brasileños acudirán a las urnas el próximo domingo para decidir si continúan con Lula, quien busca su cuarto mandato tras haber ocupado el cargo entre 2003 y 2011 y actualmente estar en funciones desde 2023 hasta 2027, o si eligen a su principal oponente, el senador por Río de Janeiro e hijo del exmandatario Jair Bolsonaro.
Bolsonaro cuenta con el apoyo explícito de Milei, quien viajó a finales de julio a San Pablo para participar del lanzamiento oficial de la candidatura de Flávio. En este sentido, desde Balcarce 50 anticiparon un posible mensaje del Presidente hacia su aliado ideológico, siguiendo la línea de apoyo que ha mantenido hasta el momento.
“Si en Argentina tenemos como factor económico lo que llamábamos el Riesgo Kuka, acá en Brasil hoy tienen el Riesgo Lula y se refleja claramente en el mercado accionario. ¿Por qué se ve amenazado? Porque hay alguien que está dispuesto a hacerle frente y convertirse en la voz de esa mayoría silenciosa que ya sufrió abusos. Hablo de Flávio Bolsonaro. Confiamos en ti para lograr parar a la basura socialista”, manifestó el libertario durante su intervención en la Convención Nacional del Partido Liberal (PL). En ese discurso, también se refirió a su par brasileño de manera despectiva, lo que agudizó las tensiones entre ambos Gobiernos.
Las fricciones con Brasil han aumentado desde entonces, con nuevas acusaciones por parte de Milei, quien señaló a la administración de Lula por supuestamente haber financiado la campaña de Sergio Massa en 2023 y aportar recursos para llevar adelante “una campaña antiargentina”. Como consecuencia, el Planalto decidió retirar a su embajador de Argentina y reducir el nivel de la relación diplomática, dejándola en manos del encargado de negocios.
El país vecino se prepara para las elecciones del domingo en un clima de virtual empate, al menos según las encuestas. Según un sondeo de Quaest, divulgado recientemente, Lula da Silva contaría con el 37% de las preferencias en primera vuelta frente al 33% de Flávio Bolsonaro. Por su parte, la consultora BTG/Nexus reportó ese mismo día una intención del 40% para Lula y del 37% para Bolsonaro, aunque enfatizó que en un posible balotaje ambos candidatos aparecen casi empatados.
En términos de expectativas de triunfo, el 54% de los encuestados cree que Lula saldrá vencedor, mientras que un 36% se inclina por Bolsonaro. Datafolha, la encuestadora más reconocida en Brasil, ubicó a Lula con el 40% y a Bolsonaro con el 36%, marcando una diferencia de cuatro puntos que se encuentra dentro del margen de error de dos puntos porcentuales del estudio.
En las tres mediciones, ni el oficialismo ni la oposición logran superar el 50% de los votos válidos, excluyendo los blancos y nulos, para ganar en primera vuelta. Si se confirma este escenario, la presidencia se definirá en un balotaje que se llevará a cabo el 25 de octubre.
En este contexto, los votos de los 11 candidatos restantes que han formalizado su candidatura ante la Justicia Electoral serán clave. Entre ellos, se destacan el gobernador de Goiás, Ronaldo Caiado (PSD), el gobernador de Minas Gerais, Romeu Zema (Novo), y el psiquiatra y escritor Augusto Cury (Avante). Los dos primeros compiten con Bolsonaro por el electorado de centro-derecha, mientras que el tercero se ha posicionado como una alternativa “anti-grieta”, lo que hace que el destino de sus votos sea más incierto.
En este marco, Javier Milei anhela que su deseo de que “Brasil se pinte de azul” se haga realidad, coincidiendo con el reciente giro ideológico en la región liderado por figuras como Keiko Fujimori en Perú y Abelardo De la Espriella en Colombia, entre otros.
Por su parte, Lula da Silva reafirmó en agosto su rechazo a cualquier intento de intervención extranjera en las elecciones brasileñas, en medio de las tensiones con Argentina y, principalmente, con Estados Unidos. Si logra la reelección, Brasil seguirá siendo junto a Uruguay y México como un bastión de la centro-izquierda en Latinoamérica.









